Siempre en los amaneceres de otoño, cuando el graznido de los cuervos te despierta y el día pide otra cosa. Mi cuerpo amanece frente a un edificio que nadie recuerda quién construyó, y a esa hora el hombre del cuarto piso baja a sacar la basura. Él también dejó de preguntarlo hace años, cuando entendió que en ese condominio las preguntas se cobraban aparte. Pero desde la acera el edificio parecía lo que todos decían que era: sólido. Las ventanas alineadas, la escalera limpia, el ascensor que llegaba puntual hasta el último segundo. Las grietas no se veían desde la calle, y desde dentro tampoco, porque cada mañana alguien las tapaba antes de que otro tuviera tiempo de nombrarlas. Ese edificio es como cualquiera.
El recibo llegaba el primer día de cada mes, como un visitante VIP en tu buzón, y nunca era el mismo. El administrador de turno, que vivía en la planta baja, tenía una memoria prodigiosa para lo que faltaba por cobrar y ninguna para lo que ya había cobrado, de modo que cada mes descubría una deuda nueva con la sorpresa de quien encuentra una moneda olvidada en un abrigo viejo. La factura siempre empezaba igual: mantenimiento de la escalera, contribución al ascensor. Una tasa por la ventana, y al mes siguiente otra por la luz que entraba por ella. El hombre del cuarto piso y su mujer hacían la cuenta de noche, en la cocina, en voz baja para no despertar a nadie, aunque no había nadie a quien despertar. A fin de mes les quedaba para un onigiri con el precio de antes, y el recibo pedía bufé completo.
En esa misma mesa, sin decirlo, hicieron la otra cuenta. La cuna que les habían regalado al casarse seguía en la habitación de la entrada, justo a la derecha, desarmada, esperando un por si acaso que se fue alargando de invierno en invierno, hasta que decidieron buscarle mejor vida en una tienda de segunda mano. Simplemente sumaron una más a la utopía. En los otros pisos pasaba lo mismo, cuna por cuna, y nadie lo hablaba en la escalera porque no había nada que hablar: cada casa le devolvía al edificio exactamente lo que el edificio le dejaba.
Pero fue el administrador quien primero dijo haberse dado cuenta. Una tarde abrió el libro de inquilinos, pasó las páginas con el dedo y se asustó, porque faltaban nombres, y faltaban muchos. A la mañana siguiente había un aviso nuevo en el pizarrón del lobby: El edificio envejece. Así, sin nadie que lo hubiera hecho, como se habla de la humedad. Debajo, con letra más grande, pegó otro: Amar el edificio es quedarse en él. Era el único concepto de ese mes que no venía en el recibo, aunque también se pagaba, y se pagaba en sueños. Y más abajo todavía, a la altura de los ojos de un niño que ya no había, pegó el tercero: Desmoronarse, sí. Demolerlo, no.
Yo seguía ahí esa fría mañana de otoño, observando. Mientras tanto, los viejos de los primeros pisos lo leyeron y aplaudieron. Cobraban una pequeña renta del propio edificio y hacía años que no tenían que hacer la cuenta de la cocina. Habían pagado cuarenta años de recibos sin preguntar nada, y si ahora empezaban a preguntar tendrían que sumar todo lo pagado, y eso no se lo iba a pedir nadie, mucho menos ellos mismos. Así que se quedaban de pie junto a las jardineras de la entrada, horas enteras hablando de nada, de una nada que cambiaba de tema cada vez que alguien pasaba, y en cuanto el pobre doblaba la esquina le ponían el pellejo a hervir. Al que bajara con prisa lo miraban con desconfianza. Ya no luchaban por nada. Resistían por todos.
Como faltaban manos para apuntalar las paredes, el administrador decidió abrir la puerta de servicio, y por ahí me dejó pasar a mí y a otros jóvenes de otros edificios, con herramientas y sin llave, que apuntalaron lo que había que apuntalar y se quedaron. Tuvieron hijos. Los hijos nacieron en el edificio, aprendieron a subir la escalera sin hacer ruido y hablaban igual que los de arriba, pero en el libro los anotaron en otra columna, la de visitantes. Tres por el precio de dos, y el libro seguía diciendo que el edificio se vaciaba mientras los pasillos se llenaban de voces que no contaban.
Fue entonces cuando el hombre del cuarto piso empezó a mirar la puerta principal. No la de servicio. Yo me lo encontraba, cuando sacaba la basura, y a veces me quedaba un momento de más en el lobby, delante del pizarrón. Los viejos de la entrada lo sabían y no decían nada. Me vigilaban como se vigila una grieta, sin tocarla, esperando a ver hacia dónde avanza.
El edificio se desmoronaba un poco cada noche, y por la mañana alguien barría el polvo. El hombre del cuarto piso también barría. Barría mirando la puerta.