
Ante el enfado de su mentor, Marck le responde:
—Señor, no soy egocéntrico, disruptivo, ni mucho menos un agitador; ninguno de esos términos pululan en mi pensamiento. Soy una entidad biológica creada y entrenada para cumplir con una sola misión: mantener el equilibrio del ecosistema planetario. Solo ejerzo la soberanía de mi código fuente.
—Exactamente, por eso te digo que tengas cuidado. Tus enemigos, los que quieren minimizarte, te dirán todo lo que te pueda demoler desde dentro. En cambio, los que ven en ti una luz te convertirán en un faro, y dirán que eres un guía, sentirán que eres un líder.
Pero ambos caminos tienen algo en común: son los extremos, y tanto si vives en lo más alto del acantilado como a ras del suelo, están condenados a vivir bajo una erosión constante y el peligro de desaparecer.
—Recuerda, hijo: hay dos formas de construir una torre. Una es construyéndola, pero otra es demoliendo todo lo que está a su alrededor. No se nace líder, no se estudia, no se conquista.
El liderazgo es el precio a pagar cuando se piensa diferente y se es soberano de sus actos.