Amir Obregón Vargas

Zombis y vampiros: La verdadera cara de una sociedad envejecida

Zombis y vampiros

Cuando la población envejece, el dato es estadístico: un número frío, una curva demográfica inclinada hacia la sombra. Es una fotografía que nos recuerda el paso del tiempo.

Pero cuando la sociedad envejece, la cifra se convierte en destino. Ya no hablamos de personas mayores, sino de instituciones petrificadas, de economías que tiemblan ante el riesgo, de políticas escritas con la mano temblorosa de los muertos. Lo que antes era vida se transforma en conservación; lo que antes era deseo de futuro se convierte en miedo a perder.

Entonces, los jóvenes dejan de ser jóvenes.

Los que aceptan su condena caminan como zombis: respiran, consumen, obedecen… pero ya no sueñan. La voluntad se les ha secado como hoja en otoño. No son rebeldes ni herederos; son cuerpos que se mueven en piloto automático, esperando que el tiempo pase sobre ellos como un vendaval de polvo.

Los que no se resignan, terminan como vampiros.

Aprenden a chupar lo que queda del sistema, perpetuando sus vicios bajo la máscara de lo nuevo. Copian las mañas de los viejos, se alimentan de privilegios caducos y extienden su noche sobre los demás. Heredan no el futuro, sino la podredumbre.

Así, la sociedad envejecida se convierte en un teatro de muertos en vida: zombis arrastrando los pies en las calles, vampiros ocupando palacios e instituciones. Y entre ambos consumen lo que aún respiraba.

Se gasta más en sostener muertos que en generar vida.

Los presupuestos se escriben para las canas, no para las semillas. Los países florecen en hospitales y cementerios, pero se marchitan en escuelas y laboratorios.

Una sociedad envejecida no es un otoño sereno, es un invierno perpetuo. No es calma, es parálisis. Y en esa parálisis, lo que se anuncia no es la paz de los ancianos, sino la muerte de los que aún no han nacido.

Porque cuando los zombis caminan sin rumbo y los vampiros gobiernan la noche, la luz del futuro deja de existir. Y entonces ya no hablamos de estadísticas ni de porcentajes: hablamos de un mundo que ha decidido dejar de vivir antes de morir.